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martes, 19 de junio de 2012

Vida prestada

                                María Elvira Lacaci, poeta española nacida en Ferrol, La Coruña, en 1928. Desde muy joven se dedicó a la literatura orientando su obra poética hacia los temas sociales. Como representante de la generación poética del 27, brilló con luz propia junto a escritores tan importantes como Vicente Alexandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Fue la primer mujer en obtener el Premio Adonais en 1956, por "Voz Humana". En 1964 fue galardonada con el Premio Nacional de la Crítica, por su extensa trayectoria literaria.
Su obra está representada, entre otros, por los siguientes títulos: "Humana voz" (1957), "Sonido de Dios" (1962), "Al este de la ciudad" (1963), "El Rey Baltasar" (1965), "Tom y Jim" (1966), "Molinillo de papel" (1967), etc. Dejó además un buen número de poemas sin publicar , al momento de fallecer en Madrid en 1997.


                                                 " Voy a vestirme el traje de etiqueta.
                                                   Cuidaré mis maneras
                                                  Perfumaré mi aliento
                                                 -respirando el estiercol tanto tiempo-"
                                                    


VIDA PRESTADA    poesía de Maria Elvira Lacaci


Señor,
esta vida prestada
que sostengo
a fuerza de dolor
hecho ya aliento,
aliento que me pesa
estancado remanso
que no fluye
ni se renueva con cada latido-
es como las demás. También prestada.
Pero a mí
me dejaste pendiendo
la etiqueta,
el cartel que dice a todas horas
-porque un viento en el alma lo renueve-:
                              "Que no me pertenece"

Y se posan
mis tan oscuros y tristones ojos
sobre toda planta que en la tierra crece
y sobre todo ser humano
que a la vida
se entrega totalmente. Apasionado.
Con asombro los miro,
porque a ellos
les arrancaste un día la etiqueta.
La etiqueta que a mí,
angustiosamente,
me baila sin cesar. Frente a los ojos.-


A LA POESÍA


Me siento vagabunda de las Letras.
Quiero comer mi pan con el mendigo.
Beber vino de todos.
Tomar el sol
tendida
sobre la hierba húmeda.
Tener una guitarra
con cuerdas de latidos, entregados.
Tocarla por los pueblos.
Que los hombres -de colores distintos-
bailen al son de ella
con sus modales
toscos
y su verdad sencilla
a flor de labio.-

EL ESPEJO OVALADO


Un espejo ovalado.
Un radiador pequeño de calefacción.
Mis manos calentándose.
Mis ojos
se clavaron en él.
Un rostro, que no reconocí,
me miraba
paraliticamente avejentado.

Afloraba
a los oscuros ojos de aquel rostro
un profundo dolor
que venía de adentro. Que era oscuro y tenaz.
Cristalizó.
Y, en forma de agua amarga,
resbaló
hasta la piel de mis zapatos húmedos.

Un caos
de innumerables dardos afilados
castigó mis sentidos.
Con las manos abiertas golpeé la pared
de ambos lados del espejo ovalado.
                        ¡Dios es bueno!
Me asusté de mi grito.
Los dueños de la casa al otro lado...
Acerqué mis oídos al tabique azotado.
La radio transmitía un estridente mambo.
Respiré sosegada. Me arrojé sobre el lecho.
Y miré largo rato
los fantasmas
que la humedad
había dibujado sobre las paredes.-





ÁRBOL ENAMORADO

Se llamaba Dolor
y era un extraño
árbol enamorado sin viscosas resinas de deseos umbríos.

Se llamaba dolor, Elvira, a veces.
Y era el Norte de dios.
Pero sus hojas
se desprendían lentas hacia el suelo.

Era un extraño árbol. Sin raíces
ni savia. Aladamente
arrastraba su tronco carcomido
sobre la tierra.

Sobre la tierra que impaciente,
despiadadamente,
empezaba a girarle por las venas.
A gritarle en su giro,
raudo y rojo,
su ineludible puesto. Allí. En la Nada.-


                                                   María Elvira Lacaci


Imágenes: pinturas del artista ruso Konstantin Korovin (Moscú, 1861- París, 1931)




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