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miércoles, 6 de junio de 2012

Una cruz de silencio

     Emilio Ballagas, nacido en Camagüey, Cuba en 1908 y fallecido en La Habana en 1954, es un poeta cubano cuya obra es representativa del vanguardismo de la década de 1930; es uno de los más estimados poetas nacionales de todos los tiempos, por la finura y perfección de su estilo. Profesor universitario, alternó además literatura y periodismo a lo largo de toda su vida.
En cuanto a la dirección más pura de la poesía de Ballegas, fueron frecuentes los diversos recursos temáticos y formales de su expresión, en obras como "Júbilo y fuga" (1931), "Sabor eterno" (1939) e incluso en "Nuestra señora del mar" (1943). Sin embargo en la dirección del realismo desarrolló el poeta parte de su obra más significativa, con el cultivo de la "poesía negra" y una brillante interpretación lírica de sentimientos y tradiciones de su tierra. Una muestra de estas obras son "Elegía de María Belén Chacón", seguramente su obra de caracter más popular, "Canción para dormir a un negrito", uno de sus poemas más tiernos o "Cuadernos de poesía negra" (1934). También Ballagas se ocupó de compilar la importante "Antología de Poesía negra hispanoamericana" (1935) que lo convirtió en una de las principales figuras de esta corriente, junto a Nicolás Guillén.



                                  "Yo solo soy la sombra de tu ausencia,
                                  una oscura mitad que se acostumbra;
                                  dulce granada abierta en la penumbra,
                                  madura a tu rigor. Sorda existencia"



NOCTURNO Y ELEGÍA      poema de Emilio Ballagas


Si pregunta por mí, traza en el suelo una cruz de silencio y de ceniza
sobre el impuro nombre que padezco.
Si pregunta por mí, di que me he muerto
y que me pudro bajo las hormigas.
Dile que soy la rama de un naranjo,
la sencilla veleta de una torre.

No le digas que lloro todavía
acariciando el hueco de su ausencia
donde su ciega estatua quedó impresa
siempre al acecho de que el cuerpo vuelva.
La carne es un laurel que canta y sufre
y yo en vano esperé bajo su sombra.
Ya es tarde. Soy un mudo pececillo.

Si pregunta por mí dale estos ojos,
estas grises palabras, estos dedos:
y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
una oscura perdiz, un falso anillo
a una orilla de juncos olvidados;
dile que voy del azafrán al lirio.

Dile que quise perpetuar sus labios,
habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
y apagarme en su pecho suavemente,
nocturnamente hundido, aletargado
en un rumor de velas y sordina.

Ahora no puedo ver aunque suplique
el cuerpo que vestí de mi cariño,
me quedé fijo, roto, desprendido.
y si dudáis de mi creed al viento,
mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os dirán si aún espero o si anochezco.


¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mí hablarán un día los olivos
cuando yo sea el ojo de la luna,
impar sobre la frente de la noche,
adivinando conchas de la arena,
el ruiseñor suspenso de un lucero
y el hipnótico amor de las mareas.

Es verdad que estoy triste, pero tengo
sembrada una sonrisa en el tomillo,
otra sonrisa la escondí en Saturno
y he perdido la otra no sé donde.
Mejor será que espere a medianoche,
y a la vigilia del tejado fría.

No me recuerdes su entregada sangre
ni que yo puse espinas y gusanos
a morder su amistad de nube y brisa.
No soy el ogro que escupió en su agua
ni el que un cansado amor paga en monedas.
¡No soy el que frecuenta aquella casa
presidida por una sanguijuela!

(Allí se va con un ramo de lirio
a que lo estruje un ángel de alas turbias.)
No soy el que traiciona a las palomas,
a los niños, a las costelaciones...
Soy una verde luz desamparada
que su inocencia busca y solicita
con dulce silbo de pastor herido.

Soy un árbol, la punta de una aguja,
un alto gesto encuentre en equilibrio:
la golondrina en cruz, el aceitado
vuelo de un búho, el susto de una ardilla.
Soy todo, menos eso que dibuja
un índice con cieno en las paredes
de los burdeles y los cementerios.

Todo, menos aquello que se oculta
bajo una seca máscara de esparto.
Todo, menos la carne que procura
voluptuosos anillos de serpiente
ciñendo en espiral viscosa y lenta.
Soy lo que me destines, lo que inventes
para enterrar mi llanto en la neblina.

Si pregunta por mí, dile que habito
en la hoja del acanto y en la acacia.
O dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o buque
mi recuerdo en la forma de una estrella.-


                                                    Emilio Ballagas


Imágenes: pinturas del artista plástico francés, Henri Rousseau (1844-1910) Uno de los precursores de la pintura naif.





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