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viernes, 1 de junio de 2012

Dulce amor

                         Victoriano Crémer, poeta, novelista y ensayista español, nació en Burgos el 18 de diciembre de 1906. De condición humilde, hijo de un trabajador de la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España. Publicó su primer poema con 16 años, en el semanario Crónica de León. Trabajó en su juventud como vendedor de periódicos, cadete de farmacia, tipógrafo, locutor y periodista clandestino mientras se involucraba en las actividades de los anarcosindicalistas de León, donde residió practicamente toda su vida. Tuvo muchos enfrentamientos con el régimen franquista y canalizó la lucha de toda una generación de poetas que encontraron en ella su medio de expresión. Su obra abarca desde el existencialismo hasta las preocupaciones sociales. También cultivó la narrativa, siempre con tintes sociales.
En 2007 celebró su centésimo cumpleaños y recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Pese a su más de 100 años de edad, publicaba una columna diaria en el Diario de León. Su poemario "El Último jinete" obtuvo el Premio Gil de Biedma en 2008. Asímismo en febrero de 2009, Crémer recibió la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes. Este galardón reconocía su trayectoria en el mundo de las artes que inició con su primera obra "Tendiendo el vuelo", publicada en 1928. Falleció el 27 de junio de 2009, habiendo cumplido 102 años, como el poeta más longevo de España.


                                 "Extenso mar, o renovado velo;
                                 cuna del sueño, en la que el ser madura;
                                 alondra vertical ganando altura
                                 en la flotante música del vuelo"


DULCE AMOR            poesía de Victoriano Crémer

Las cosas suceden así,
sencillamente: 

Vuelven del trabajo
con sabor de cal viva entre los dientes.
La esposa les contempla con costumbre.
-¿Quién dice amor, si la palabra estrella?-

Y toman del pan,
como si fuera barro y arena,
un puñado tan sólo.
(Es pan de pobres, desalado y negro
y triste como el silencio de la casa toda.)

Y se marchan.

(La esposa les oye cerrar la puerta
pero no dice nada. ¡Está tan cansada!
Prefiere aquella fría soledad
con olor de abandono.

Pudiera recordar su juventud y dormir,
pero ¿quién sueña o duerme?
los pobres no recuerdan;
mueren como las piedras roídas de las murallas.

Ellos, en tanto, beben
un agrio vino con sabor de azufre;
y si ríen y gritan y golpean,
es porque -¡Dios, qué vida!-
da rabia beber sin alegría.

Acaso entonces lleguen hombres
de esos que velan por la paz de las familias,
y les hablen del dulce amor de las esposas
y del descanso junto al fuego,
escuchando, por la radio, una dulce canción,
mientras los niños buscan en el atlas
países coronados de yedras o corales...

Si esto sucede, gritan con más fuerza
y beben más vino agrio con sabor de azufre,
hasta que ya no saben dónde tienen los ojos,
ni por qué les duele el corazón.

Les arrojan con prisa.
La calle es larga, y en el firmamento
las estrellas relucen.

Regresan a la casa -¡Oh dulce hogar!- llorando.
La esposa les contempla con costumbre.
-¿Quién dice amor, si la palabra estalla?.-


NOVIA DEL RECUERDO YA

Si acertara tu contorno
y pudiera recogerte
de tan lejos, negra novia,
inmóvil y permanente.

Si se me diera cubrir
el largo trecho de ausencia
en un galope de tactos
de labios y de violetas.

Si aún alcanzara el remate
delgadísimo del beso
perdido en la lejanía
aún viva de mi recuerdo...

...Serías mía de nuevo
-mi lejana negra novia-
con gallos y cascabeles
repicando tus alcobas

de espejos y de violetas.
Con tu mirada en el agua
viéndome venir de lejos
por los caminos del alba.

Serías mía de nuevo
con mi risa y tus ojeras;
con mi gloria y tu congoja
de pájaro sin vereda.

Con mi gloria y con la tuya;
con la gloria de las almas
nuevas, frenéticamente,
en un abrazo de espadas.

Porque es tiempo y mi mensaje
se va de mí, derramado;
negra novia del recuerdo,
lejana y sola, esperando.-


                           
                                     FRENTE A FRENTE LOS DOS

                                 Los dos damos igual: pálpito y celo.
                                 El corazón nos juega su sonrisa
                                 y un sol titiritero da en el suelo
                                desnucado, de su áurea cornisa.

                                 Ni luna enardecida, ni alta brisa:
                                 firmamentos de cal a tu recelo
                                 y una hora inmóvil, silenciosa y lisa
                                desgranando en mis pulsos su desvelo.

                                Frente a frente los dos, con nuestro beso
                                embridado de dientes y de brumas,
                                dudando en decidirse -libre o preso-
                                por lecho de cristal, nardos o espumas.-


                                         Victoriano Crémer


Imágenes: pinturas del artista plástico de la India, Asokan Nanniyode. Contemporáneo.



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