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martes, 15 de mayo de 2012

Matilde

 Pablo Neruda y Matilde Urrutia se conocieron en 1946 en el Parque Forestal. El intenso y breve encuentro se desvanece en el corazón de ambos entre la actividad artística de Matilde  y política-literaria de Neruda, hasta reencontrarse en México en 1949. Entonces, Matilde comenzará a ser la mujer que con "ardiente paciencia" esperaba el poeta. En ella se conjugaban su hechura sensual y rural del Sur de Chile, las reminiscencias de la patria amada con su cerámica de Quinchamalí, las tortillas de rescoldo, la flora y fauna cantadas en el manejo diestro de la guitarra .Para Matilde que nació y vivió en independencia es más enaltecedor el sacrificio que hiciera de dejar su arte y autonomía en pro de la misión trascendente del poeta. Porque Matilde todo lo dejó por seguir a su compañero. La artista y cantante, hermosa con sus 37 años, de cuerpo moreno y cobriza cabellera, simboliza para Neruda el recado de la tierra lejana. La dueña de aquellas manos de jardinera que se deslizan por las Odas. 



                            "Siento que soy la aguja de una infinita flecha
                            y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,
                            tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,
                            goteando en cada tierra sollozos y preguntas"



TESTAMENTO DE OTOÑO      Poesía de Pablo Neruda

MATILDE URRUTIA, aquí te dejo
lo que tuve y lo que no tuve,
lo que soy y lo que no soy.
Mi amor es un niño que llora:
no quiere salir de tus brazos,
yo te lo dejo para siempre:
eres para mí la más bella.

Eres para mí la más bella
la más tatuada por el viento
como un arbolito del sur,           
como un avellano en agosto.
Eres para mí suculenta
como una panadería,
es de tierra tu corazón,
pero tus manos son celestes.

Eres roja y eres picante,
eres blanca y eres salada
como escabeche de cebolla.
Eres un piano que ríe
con todas las notas del alma
y sobre mí cae la música
de tus pestañas y tu pelo.
Me baño en tu sombra de oro
y me deleitan tus orejas
como si las hubiera visto
en las mareas de coral:
por tus uñas luché en las olas
contra los pescados pavorosos.

De Sur a Sur se abren tus ojos
y de Este a Oeste tu sonrisa,
no se te pueden ver los pies
y el sol se entretiene estrellando
el amanecer en tu pelo.
Tu cuerpo y tu rostro llegaron,
como yo, de regiones duras,
de ceremonias lluviosas,
de antiguas tierras y martirios.

Sigue cantando el Bío-Bío
en nuestra arcilla ensangrentada,
pero tú trajiste del bosque
todos los secretos perfumes
y esa manera de lucir
un perfil de flecha perdida,
una medalla de guerrero.

Tú fuiste mi vencedora
por el amor y por la tierra,
porque tu boca me traía
antepasados manantiales,
citas en bosques de otra edad,
oscuros tambores mojados:
de pronto oí que me llamaban,
era de lejos y de cuando
me acerqué al antiguo follaje
y besé mi sangre en tu boca,
corazón mío, mi araucana.

Qué puedo dejarte si tienes,
Matilde Urrutia, en tu costado
ese aroma de hojas quemadas,
esa fragancia de frutillas
y entre tus dos pechos marinos
el crepúsculo de Cauquenes
y el olor de peumo de Chile?

En el alto otoño del mar
lleno de niebla y cavidades,
la tierra se extiende y respira,
y se le caen al mes las hojas.
Y tú inclinada en mi trabajo
con tu pasión y tu paciencia
deletreando las patas verdes,
las telarañas, los insectos
de mi mortal caligrafía.
Oh leona de pies equeñitos,
qué haría sin tus manos breves,
dónde andaría caminando
sin corazón y sin objeto,
en qué lejanos autobuses,
enfermo de fuego o de nieve?

Te debo el otoño marino
con la humedad de las raíces
y la niebla como una uva
y el sol silvestre y elegante:
te debo este cajón callado
en que se pierden los dolores
y sólo suben a la frente
las corolas de la alegría.

Todo te lo debo a ti,
tórtola desencadenada,
mi codorniza copetona,
mi jilguero de las montañas,
mi campesina de Coihueco.

Alguna vez si ya no somos,
si ya no vamos ni venimos
bajo siete capas de polvo
y los pies secos de la muerte,
estaremos juntos, amor,
extrañamente confundidos.
Nuestras espinas diferentes,
nuestros ojos maleducados,
nuestros pies que no se encontraban
y nuestros besos indelebles,
todo estará por fin reunido,
pero de qué nos servirá
la unidad de un cementerio?

Que no nos separe la vida
y que se vaya al diablo la muerte!-



                  Pablo Neruda
                  (1904-1973)



Imágenes: pinturas del artista plástico An He (Guangzhou, China 1957). Radicado en Estados Unidos desde el año 1985 (Ciudad de San Francisco).







Quique Lucio




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