Páginas vistas en total

jueves, 14 de julio de 2011

Caminar por el borde del eterno acantilado

Mi amigo Severino es un tipo lúcido con una tendencia innata al bajón que siente cuando recuerda a su padre, fallecido hace unos años y también por tener la conciencia dolorosa "de saber que no es rico y exento, por lo tanto, de mandar todo al carajo". El también me aconsejó que en esos estados, lo mejor es: "Meterse en el interior de la depresión como si fuera el epicentro de un huracán y, para ello, nada mejor que leerse un buen trozo de fonética diacrónica latina o a algún filósofo alemán en su lengua orginal".
Un poco más calmado, Severino me pidió, con los ojos brillantes y en homenaje a su padre, que lea este texto de Angeles Mastretta.

                                     MEMORIA Y ACANTILADO

¿ Es en junio o en julio el día del padre?. Lo han de saber los inventores de la fecha. Cuando mi padre murió hace veinte años no existía el día del padre, y desde que está muerto, yo festejo todos los días el día del padre. No le compro regalos, pero converso con el atisbo de sonrisa y la continua duda que hay en el gesto del retrato en que lo busco.
Me pregunto si habrá una edad en que las huérfanas dejen de buscar a su padre. Porque cualquiera está dispuesto a compadecerse de una niña, de una adolescente, hasta de una joven que ha perdido a su padre, pero una cuarentona con la orfandad a cuestas es más patética que conmovedora. No crean ustedes que no lo sé, pero tampoco crean que el saberlo me ha servido de algo.
A veces voy por la calle cantando una canción o jugando con mis hijos a encontrar figuras en las nubes, y de repente ahí están, como en un sueño del que no gozan suficiente, un papá y una hija haciéndole al futuro un guiño al despedirse, un papá que lleva a su hija a comer fuera, una hija que acaricia la nuca de su padre vivo como un tesoro, un papá y una hija que no saben el lujo que es tenerse ni mal sueñan el precipicio de perderse. Tener papá siendo adulto debe ser como andar por la vida bajo un paraguas inmenso, como poder caminar sobre el océano, como haber escrito ya las treinta novelas que me gustaría escribir.
Yo tengo siempre a disposición de mis propios oidos o de quien quiera oirme, una larga serie de cosas que no dije y otra de cosas que no hice por mi padre. Habitualmente me las callo, pero a veces me salen en los momentos más impropios y agobio a la gente que me mira con ganas de no volver a verme, o a gente que pena penas mayores y por lo mismo tiene piedad de mi.
Así me pasa de pronto. Hace poco, en un restorán italiano, mientras tres músicos devastaban "Torna Sorrento", solté mi desconsuelo sobre el spaguetti y aún no me recupero de la vergüenza que les hice pasar a mis escuchas. Sigo entonces: de todo lo que no dije cuando aún se podía, ahora lamento antes que nada no haber dicho:
                -   Papá, no importa que no seas rico.
                -   Papá, ya entendí porque no eres rico.
                -   Papá, cuéntame de la guerra, y de las otras cosas que te duelen.
                -   Papá, en un tiempo más no tendrás que mantenernos. No cometas la estupidez de morirte, porque el resto será la mejor parte. Será un premio la vida que te falta.
                -   Papá, tú mismo eres un premio, y yo sé de la fortuna que es tenerte.
Podría seguir, pero no sería justo poner en esta lista las cosas que no dije porque no las sabía o no me habían pasado. Los deudos acabamos sabiendo mucho más de quienes vivieron a nuestro lado cuando ya no podemos conversarlo con ellos. Es más: uno de los primeros modos de establecer algún tipo de conversación con nuestros muertos es buscarlos en el pasado que no les conocimos. Otro es reandar los caminos que fueron suyos y que no compartimos. De esas dos búsquedas he obtenido miles de preguntas, reproches y noticias. Les diré sólo algunas de aquellas con las que he perdido mi tiempo acosando los ojos del inexorable retrato que tengo repetido en algún sitio de casa:

     Papá yo conozco las colinas del Piamonte. Visitamos la casa que te heredó el abuelo cuando creyó que tú serías el único de sus hijos que se quedaría a vivir en Italia. También comimos en el restorán donde aún hacen los reviolis que según la tía Angelina eran tus preferidos. Son una delicia.
La virgen del Duomo, la Piazza Fontana y la Avenida Italia han vuelto a ser hermosas y señoriales, ya no son un hacinamiento de muros chamuscados. Non priocuparti piú.
La Fonda de "Michelé", donde tantas veces hiciste cola para obtener tu ración de coles hervidos y arroz pegajoso, se convirtió en un restorán muy elegante, a mitad de la calle Olmetto.
¿En qué acabó el viaje del Libery Ship que te llevó de Nápoles a Nueva York? ¿Cómo fue que  sólo escribiste ocho días del diario sobre tu regreso a casa? ¿No bien dejaste de ver el Mediterráneo y caíste de tal modo en el presente que ya no valió la pena ni registrarlo?
¿Supiste que la mujer que fue tu novia durante la guerra se volvió borracha? Ya te habías muerto cuando llegó a la casa una carta suya, que tu hija Verónica leyó y perdió. Se burla de mí cuando se lo reclamo.
¿Sabés? Aún extraño las noches frente a la tele, jugando a predecir el desenlace de las películas mexicanas mientras temíamos que dieran las doce y cortaran la transmisión antes de que acabara el melodrama en turno. No lo creerías, en México ya existen uvas dulces y se importa chianti, como si toda la clase media hubiera nacido en Italia.
Vivo con un hombre que de noche hace ruidos como los que tú hacías y de tarde es un conversador prodigioso. En las mañanas casi siempre tiene prisa. La pasarían bien juntos. El también desconfía del mar.
Tengo dos hijos. Uno se rie como tú y no grita "porca miseria" porque no te oyó el lamento, pero cuando discute parece que nació en el quicio de una trattoría. La otra tiene ojos como pájaros. Yo creo que los dos son como dioses y por las dudas los venero hasta el desastre.
Mi mamá se hizo una casa que mira a los volcanes sobre el terreno de Mayorazgo por el que tanto peleó. Lástima que no te hayas quedado para hacer tuyo ese silencio.
 Tienes razón, nunca debí meterme en ese lío. Pero es que ese lío se metió en mí.
Esta son algunas de las cosas que he hablado con él, sin obtener mayor respuesta que una, tal vez inventada: la sensación más o menos frecuente de que alguien me observa y casi siempre se hace mi cómplice. Noto en mi madre una absoluta desconfianza de tal versión, pero a mi me ayuda a caminar por el borde del eterno acantilado que nos rodea.-

                                                Angeles Mastretta



Texto seleccionado del libro "Puerto Libre" Editorial Planeta (1994). Otras publicaciones de Angeles Mastretta, ( Puebla-México 1949): "Arráncame la vida" (1985), "Mujeres de ojos grandes" (1995), "Mal de amores" (1977), "El mundo iluminado" (1998),"Ninguna eternidad como la mia" (1999), "El cielo de los leones" (2004), etc.

Quique de Lucio.

1 comentario: