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sábado, 17 de diciembre de 2016

La eternidad

Sexto año de una antojadiza antología de la poesía de todos los tiempos, seleccionada por el escritor Quique de Lucio. Esta pretende ser una antología cuyo sentido radica en la actividad del lector, en su lectura que organiza los textos como un proyecto de su propia aventura y goce creadores. Difundiendo a más de 1.500 escritores, respetando el derecho de autor.




Publicación N° 1.565-


                                                                                                          Diego Alexander Vélez

Poeta y narrador de Colombia, nacido en Popayán, Cauca, en 1987. Es Licenciado en Español y Literatura, Magister en Literatura Latinamericana. Editor y miembro fundador de la revista literaria Polifonía y del Premio Nacional de Poesía El Quijote de Acero-Klepsidra Editores. Ha publicado "Elizabeth y las manzanas" (Barcelona, 2013) y "El encuentro (2012). Cuentos y poemas suyos han sido seleccionados para varias antologías y revistas de su país y del extranjero. Actualmente es profesor de Literatura en varias universidades del país.


                                                                                           "Nada nos pertenece madre,
                                                                                            pero si de algo sirve sigamos
                                                                                            navegando, yo te ofrezco mi viento
                                                                                            para empujar tu barco"












LA ETERNIDAD AL ALBA

¿Qué es esta paz tan densa,
esta quietud ardiente que me envuelve la sangre?
¿qué es esta tibia calma,
esta tregua del mundo?
Es la traición del tiempo, unánime y callado,
que pasa por mis ojos y me oculta sus rastros.

Hoy no quiero la tregua, ni la calma tan tibia,
ni la quietud ardiente, menos la paz tan densa.
Hoy quiero una aventura, una guerra en la boca,
una verdad convulsa que me muerda la herida
y acabe mis entrañas
y me ahogue
y me queme
y me robe la vida con un trombón de muerte,
con un trombón que grite: morirás sin motivo,
como mueren los hombres.

Ya no quiero la calma
Me niego, me opongo, digo que no a la calma,
a este sordo lamento y a su discreta lágrima.
No quiero, no me da la gana.
digo ¡no!, me opongo...

Muere la madrugada.

¿Qué voy a hacer entonces cuando me alcance el alba?
Tengo mis manos negras
y este mi humilde tacto para abrazar su cuerpo,
su cuerpo tan callado, Tan dulce, tan lejano.

Tengo mi tacto humilde
y estas mis manos largas
para hacerle un recuerdo de caricias sin tiempo,
un amor sin pasajes ni caminos de vuelta.

Y llevarla hasta el cielo, o mejor al infierno,
un infierno callado, de lentas amarguras,
un infierno terrible como un golpe de estado,
un infierno de amantes que se entregan desnudos,
convulsos en sus cuerpos, lejanos en sus culpas.
Un infierno de amantes
fuera de nuestro mundo...
Tan solo nuestro mundo...

Debe ser el infierno porque me aburre el cielo.
Un infierno sin sombras, sin miedos ni demonios,
simplemente un infierno
octagonal y antiguo, repleto de lagunas,
de vallas y cipreses...
Un infierno sin sombras, sin miedos ni demonios.

Y si no es un infierno que sean nuestros cuerpos.
Sí, que sean nuestros cuerpos,
son lentos y callados
y terribles y mudos como un golpe de estado.
Y amantes y lejanos.
Son solo nuestros cuerpos y estas mis manos largas
y su piel que no espera y mi tacto que aguarda.

Hoy, antes del alba,
cansado de la calma,
hombre de madrugada.
Hoy soy tacto en infierno,
espera lenta y cielo,
soy el callado cuerpo
y las manos vacías.
Soy la piel y el deseo,
el íntimo deseo
de que me alcance el alba
y me bese...sin prisas.-



ELIZABETH Y LAS MANZANAS

Elizabeth tiene quince años,
los ojos quedos y esquivos
como dos peces azules.
Le gusta salir de noche
a disparar palabras verdes a los árboles secos,
bañarse al final de la tarde,
cuando los abismos esperan confundirse con el cielo,
le gusta salir y desaparecer,
convertirse en tigre y desgarrar el viento.
Confundirse.
Dejar de ser rosa para ser tallo, raiz o pétalo,
respirar el polen de sus abejas amantes,
Elizabeth traiciona su sexo al mediodía.
Cuando regresa de clase
hace camino para sus manos blancas,
se complace en acariciar senos firmes
y trenzar cabellos largos,
o besarlos y respirar un sudor que parece suyo.
Elizabeth calla cuando mamá está en casa,
sonríe cuando juega a la pelota
y suspira cuando yo no estoy.
Elizabeth se ha ido de casa,
probablemente encontró un nuevo vientre
y querrá volver al paraíso
para morder de nuevo las manzanas.-



SUBSUELO

La ciudad,
ese mural de oscuros espejos,
guarda, entre sus grietas,
animales tuertos,
sucias madejas de huesos cansados
y de venas rotas
que se ocultan,
pacientes,
en el subsuelo del olvido.
Guardan, en bolsas de aire,
un pedazo de pan,
una madrugada amable,
algunas monedas negras.
Lavan la suciedad de sus días
con la lluvia nocturna
o la endurecen con soles verdes
en una estación
cercana.

Entre esos hombres está mi hermano,
mi padre mi
amigo, mi hijo.
Uno de esos hombres,
tal vez,
soy yo,
o Dios esperando por el paraíso.-


***

¡No! La vida es otra cosa,
la vida es tu presencia vagando por mi casa,
tu facha de muchacha recién amanecida
que pavonea sus piernas (ese par de milagros)
por las calles estrechas de un barrio de estudiantes
y se detiene, niña, a consolar a un gato que maúlla
en un prado, lo lleva hasta mi casa y con excusas
tontas lo alimenta y lo lava, lo bautiza y lo instala,
como a un dios perezoso, en medio de la cama.
Sí, la vida es otra cosa,
no estos ojos cansados de mirar
un recuerdo que se esfuma en tus pasos,
tan lejanos de casa, tan lejanos de todo.-



                                       
                                                                                                   Diego Alexander Vélez





Imágenes: Pinturas  de la artista rusa Alina Maksimenko (contemporánea)




quiquedelucio@gmail.com

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