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lunes, 14 de noviembre de 2011

Una cierta confusión-Kafka

Muchas veces uno pide ayuda a alguien para que lo proteja y el resultado es exactamente al revés de lo pensado o casi. Como dice el dichoso refrán "Es peor el remedio que la enfermedad", este comentario que bien podría estar dirigido a muchos civiles que en épocas muy tristes de nuestro país fueron literalmente a golpear las puertas de los cuarteles para que nos protegieran los militares, en realidad está sólo enunciado para la presentación de un cuento. Casi una parábola sobre lo mencionado. El tema sería ¿cómo hacer para defenderse de los que te defienden?  De Franz Kafka: El viejo manuscrito.

Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio
imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están, su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre acampan al aire libre y rechazan las casas. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Ellos se entienden como se entienden los cuervos. Todo el tiempo se escucha ese graznar. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo lo roban.
También de mi tienda se han llevado excelente mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercancía, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. Hace poco el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora
 tapado con toda mi ropa, tirado en el suelo con mantas y almohadas para no oír los mujidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomando por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores, pero esta vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
- ¿En qué terminará esto?- nos preguntamos todos- ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómades, pero no saben cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.-

                                                                 Franz Kafka

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