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sábado, 28 de febrero de 2015

Ángeles


Cuarto año de una antojadiza antología de la poesía de todos los tiempos, seleccionada por el escritor Quique de Lucio. Esta pretende ser una antología cuyo sentido radica en la actividad del lector, en su lectura que organiza los textos como un proyecto de su propia aventura y goce creadores. Difundiendo a los hacedores, respetando el derecho de autor. 



                                                                             Javier Alas

Poeta de El Salvador nacido  en 1964. Fue participante del Primer Diplomado de Escritores del Sudeste y Centroamérica, celebrado en Bacalar, México en 1992. Es autor de los poemarios: "Abisal" (2003), "Quimeras" (2004), Antología de la poesía salvadoreña- Roque Dalton (1999), etc. Fundó y coordinó el suplemento cultural Astrolabio, del diario El Mundo, fue subcoordinador del suplemento cultural  3000 del diario CoLatino. Fue reconocido con la Mención de Honor Revista La Puerta de los Poetas, 40 Concurso Poesía en París, Francia, etc.

                                                             
                                                                "Yo sé: la diosa de las aguas
                                                                 nos mira a través de ti.
                                                                 Sus ojos de abismo intacto
                                                                 eres, aún bajo las lágrimas del cielo"  





                 

ÁNGELES

Estación de la humedad.
Yo tenía un sueño que tenía tus ojos,
y cada vez te llevaba un corazón.
Tu imagen, creciendo sobre las vías del tren,
era el delirio.
Luego era la noche, el cementerio
cuya soledad era sólo interumpida por tu mirada.
Y se hacía la lluvia.
Dentro de alguna cripta,
acompañando en su paz al morador,
tu lacia cabellera eclipsaba a mis manos.
Tu perfil se desdibujaba con la prisa
de los relámpagos,
para volver a la sombra de mi abrazo.
Pero hasta la lluvia pasaba, dejando su incolora saliva
en los cenotafios y en los árboles.
Ah, tu silueta entre las cruces
y los nítidos suspiros de la noche fosfórica,
tu miedo frente al pozo,
como si los borrados muertos
llegaran a beber a su garganta de limo.
Fuera, una danza de luciérnagas sacudía el prado,
y tus labios sonreían un adiós.
Bajo las insuficientes luces de la calle
contemplaba en perspectiva el retorno de tu ausencia.
Quedaban en mí -arrancados el aire, la noche-
sólo la estatua viviente, el mendigo de tus horas.
Eras la felicidad. Yo,
el egoísta.-


EL PULSO DE TU SANGRE

Cuando el manto de la noche
nos llena de estrellas los ojos, siento
la dulce bestia de tu corazón,
golpeando apenas mi hombro.
Con dedos furtivos, como viento,
aparto tu collar de jade oscuro,
tu cabellera lenta como un río negro,
y en esa oscuridad dorada
quisiera encender, para ti palabras cual brasas,
en esas lenguas extrañas del Sur.
Amo el pulso de tu sangre
bajo mi temblor.
En la ebriedad de mis sentidos
somos dos animales
desordenando el rocío.-


DESVELO

La ceniza, hasta la ceniza
sería una amable brasa
a esta hora en que resulta imposible ocultar
nuestra blanca quemadura de frío.
Otro muerto infecundo -sopla un viento bienherido-
que venga y cruja en fila de suicidios graciosos,
una lágrima negra más
por la copa de sangre que bebo solo,
otra hembra astuta por mi pasado azoro.
Quién pidió una gota de calor,
como el enido de un océano de hielo
que ha imaginado por rimera vez la llama ?
Hace demasiado frío. El sueño
es un hongo moribundo exigiendo sombra.-


II

La respiración
me despertó sobresaltado. De nuevo
en esa oculta cicatriz.
La mariposa de la luz cae ahora en los párpados
cual bendición del sol contra el calor del sueño
La ciudad, sucio ajedrez,
de siluetas cual sucios alfiles,
me aceptará como a un residuo más
en un vientre de asfalto molido por el humo.
Ninguno de nosotros quiso palparse el corazón,
ninguno detúvose junto a mi pregunta-
congelada pregunta, sí-
a inquirir también por el hermao roto,
anoche que mortalmente deseé el sueño
y con fingir que oíais lo arreglabais todo.-


III

El corazón
es mi más caro
opio.-


VII

Otra soledad enciende sus cenizas,
otro horizonte nulo
se me precipita en el corazón,
y dice que la única gran noche
es la de tocar, con dedos ciegos,
la poesía,
mientras los astrónomos acarician
el oropel de las nebulosas
y los locos sueñan
que la piel de Dios cubre sus heridas.-


DESVELO

Helo aquí, el crepúsculo de los imperios,
la última ciudad de historia y de tiempo.
Ahí las exquisitas catedrales,
allá los palacios y museos
como oropel sobre la hierba.
Demasiado bello para verlo solo.
Demasiado solo para verlo bello.-


                                                                            Javier Alas






Imágenes: Pinturas del artista de Estados Unidos Tom Bagshaw




quiquedelucio@gmail.com

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