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domingo, 7 de septiembre de 2014

Muchachas poetas

Cuarto año de una antojadiza antología de la poesía de todos los tiempos, seleccionada por el escritor Quique de Lucio. Esta pretende ser una antología cuyo sentido radica en la actividad del lector, en su lectura que organiza los textos como un proyecto de su propia aventura y goce creadores. Difundiendo a los hacedores, respetando el derecho de autor.


                                                     Pedro Enrique Rodríguez

Poeta y psicólogo venezolano nacido en Maracaibo en 1974. Es profesor de la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado los libros: "Oficio de lectores - Textos de detectivismo literario"  (2008), "El silencioso vuelo de los peces" (2009). Fue ganador del Concurso de Poesía José Barroeta 2012 convocado por la IX Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, con el poemario "La fugaz caligrafía del resplandor". También obtuvo el II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, 2014.


                                           "No hablas de ti, no se trata de ti.
                                            No se trata de estas tardes falaces
                                            que ya no existen y en las que
                                            estuviste atrapado sin saberlo"




24

Me gustan las venganzas que de tanto en tanto
escriben las muchachas solitarias,
esas furiosas leonas dormidas,
poetisas a las que casi nadie desea.
A las que nadie interesa publicar. A las que muy pocos leen.
Improbables invitadas a los coloquios de lujo.
Eterno público de los mediocres recitales en las plazas.
Sus venganzas son honestas:
profetas de un mundo nunca conquistado.
Mariposas fallidas,
a quienes todos han dicho con desdén
que son bellas por dentro.
Artistas de la introspección
que cultivan y odian, precisamente,
ese trozo de hielo que les habita
y que conocen al dedillo,
donde solo encuentran
sustancias gelatinosas, parajes de gases cósmicos,
fotos desgastadas que conservan un grito.

Las define el temor y la tentación de la vida y de la muerte.
A veces tienen cosas importantes que decir al respecto,
pese al desdén del auditorio,
pese al fatídico ámbito de autoayuda
que intentan ofrecerle los talleres de escritura
que nunca necesitaron pero a los que,
por un furioso y tímido anhelo de compañía,
siempre pertenecen.

Son lo que son, y bien nos valdría saberlo.
Profetas que nunca lograrán dar con el número de la lotería.
Adivinadoras que chocan, en las noches,
con las puertas abiertas de los anaqueles de la cocina.
Copistas de verdades profundas que queremos ignorar
y que ellas se toman el trabajo de apuntar
en sus cuadernos
pese a que la fama y el éxito corresponda, siempre,
a otras muchacha mucho más bonitas.

Todo les ocurre. Todo les daña.
Episodios psicóticos, psoriasis,
obesidad mórbida,
patología de un triste y vago exotismo.
El recuerdo amargo y sólido
de una mañana de febrero sometidas
a la lenta tortura de una curva de la glucosa.
Malos resultados.
Un médico de pelo blanco que mueve la cabeza
y después les olvida para siempre.

Conocí a una muchacha psicótica que escribía poemas.
Leí algunos.
Cosas hermosas.
Estaba brava, estaba aturdida, estaba asustada.
Contaba sus historias con el shampoo que debía guardar
junto a su cama,
durante los meses de hospitalización.
Las hojas que caían de los árboles en el mes de mayo.
Las noches lentas y repetitivas donde la luna,
una luna que era también una oreja,
escuchaba los pensamientos eróticos
que ella apuntaba secretamente,
escondida bajo las sábanas
desnuda y fría y pálida.
Urdiendo un puñal para matar la noche.-


.I

En los años noventa,
poco antes de que se acabase el mundo,
las páginas culturales de los periódicos
(las mismas mariposas sucias de Tranströmer)
nos daban las partes del Apocalipsis.
El hombre, nos decían, había muerto.
También estaba muerta la historia,
el futuro, los conceptos.
Los lentos suplementos culturales
hacían las veces de páginas de sucesos.
Yo las imaginaba escritas por el comisario Treviranus,
triste y somnoliento,
quien redactase sus noticias en mangas de camisa
mientras un viejo tocadiscos RCA Victor
dejaba sonar un suspiro de Debussy
y un lejano estuario brillaba como arena del desierto.

Eran los tiempos de la historia policial
ilustrada con los cuadros de De Chirico.
De toda la taimada genealogía de los disparos de nieve.
Estábamos suspendidos  en el centro de la nada.
Imitábamos a una ráfaga de lluvia
que se estrella contra la superficie del parabrisas
en una carretera sola del Canadá.
El final era eso. Esa quietud.
Esa desoladora trivialidad.

Me pasaba casi todo el día en una universidad,
en su biblioteca, en sus salones espaciosos y fríos,
en los cubículos de sus salas de estudio,
o tumbado en la grama bajo las ceibas
mirando el paso de las nubes.
Leía, leí, todos los libros que me fueron posibles.
En el fondo, buscaba a Mesopotamia.
La imagen de una ciudad que descubrí,
aun sin saberlo, muchos años antes
cuando era todavía un niño
en el último filón de una ciudad
incendiada por el color rojo de la tarde,
por una melancolía que solo era mía;
un mundo donde habitaba una madre triste y sola,
un padre que fumaba un cigarrillo tras otro
mirando caer la tarde,
intentando comprender la magnitud de su derrota.-


                                                     
                                                         Pablo Enríque Rodríguez




Imágenes: Pinturas del artista Odilon Redon  (Francia, 1840 - 1916)


quiquedelucio@gmail.com

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