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miércoles, 26 de octubre de 2011

Camino de ida

Hace unos cuantos años, a finales de los ochenta, nos juntamos un pequeño grupo de escritores con el fin de leer nuestros textos, hacer comentarios y de paso comer una buenas empanadas. No era un taller literario, era más bien una reunión semanal donde compartíamos la pasión por las letras. Este encuentro de amigos escritores duró unos años y pudimos gestar, a través de la Editorial Artesol, que confió en nosotros, dos libros con la antología de los cuentos que escribimos por esos tiempos. Muchos de los textos fueron premiados en concursos Municipales (Córdoba, Jesús María, Gral. Cabrera, San Lorenzo) por el Colegio de Abogados de Córdoba y también por el Fondo Nacional de las Artes.
Este cuento de mi autoría, integra la Antología "Escritores del Alto 2" (1987), donde también participaron: Antonia Izzo, Leonarda Lastra, Guillermo Pinto y Antonio Sanchez.

CAMINO DE IDA

Casi siempre se detenía en la parte alta del camino, al final de la cuesta de la higuera. Allí, a veces sentado sobre las piedras, otras veces parado, se quedaba largo tiempo mirando hacia el valle, hacia el camino que serpenteando se iba perdiendo en el sur.
El camino desaparecía tras los montes y de nuevo se descubría en un recodo, como una cinta de tierra. Él, seguro, vería la zona boscosa allá lejos, cortada en dos por el camino, vería el puentecito y el cerro Palomares cubriendo todo el final, que era el horizonte. Una masa enorme de vegetación que se alzaba como un telón verde con matices dorados y ocultaba todos los detalles.
Él nunca miraba a la derecha. Parado desde ese punto alto del camino, resguardado del sol de la siesta por la sombra de los aromos, no veía ni el pequeño arroyo que moría mucho más abajo, ni los sauces que se inclinaban hacia el agua. Tampoco miraba hacia la izquierda, hacia la ladera del cerro que desde siempre permitía por ese plano inclinado que el aluvión se fuera depositando contra los aromos, apretando sobre el camino sus pequeñas flores amarillas que caían al suelo de tierra y pedregullo.
Él se detenía en la parte alta de la cuesta y miraba hacia el frente, hacia el camino. Sobre su cabeza pasaban, a veces, las nubes de color rosa pálido que se iban descomponiendo, multiplicando sus formas, pero él no les prestaba atención. Su mirada seguía dirigida hacia allí, a ese punto del camino, rumbo al sur, al final o al comienzo, es lo mismo, pero siempre hacia el valle y lejos del poblado de Antares, de esas veinte casitas diseminadas en las sierras, aplastadas por el sol o por la nieve, según.
En invierno se protegía con un poncho marrón muy largo y a veces se detenía en el almacén, rumbo a su casa, entraba y pedía siempre lo mismo: -Una ginebra.
-En seguida Don Agüero- y le servían. Y acodado en el mostrador bebía sin apuro un par de tragos. Tal vez, eso desataba el nudo de su garganta. Se iba sin saludar, arrastrando su edad. En la época de las lluvias, después del chaparrón fuerte del mediodía ascendía con mayor dificultad. Las sandalias adheridas al barro parecían querer absorberlo hacia el interior de la tierra, atraerlo. Era la época en que crecía el arroyo y hacía oír su estrépito contra las piedras. Él seguía mirando hacia el valle, hacia el sur, por donde dicen que se fue su mujer hace una punta de años.
Cuando por un par de días no se lo veía al viejo salir de su casa y dirigirse a la cuesta, se lo daba por enfermo. Siempre reaparecía, juntaba yuyos para el té y al atardecer, en el verano, emprendía su caminata. Cuando hacía calor usaba una camisa blanca sin botones que llevaba suelta sobre el pantalón. También paraba, en el almacén y tomaba ginebra ignorando a los otros parroquianos, callado, era su único contacto con el pueblo, allí en ese alto, en el almacén. Adiós Don Agüero, le repetía el dueño y él, sin responderle, pero sin ninguna altivez, más bien cansado, se retiraba.
Pocos sabían exactamente, de qué vivía Don Agüero, su casa era la más aislada de Antares y el viejo no tenía amigos ni parientes que lo visitaran. A veces, lo sorprendían cuando alguien cruzaba por el sendero alto, tomando mate, y el viejo, sentado sobre una silla de mimbre, bajaba la vista, y quedaba prendido de un ramillete de margaritas silvestres o de un caminito de hormigas rojas.
En otoño, Don Agüero acopiaba leña para los tiempos fríos y se lo solía ver pasar con el atado en la espalda, arqueado, el pucho apagado en la boca. El buscaba los lugares más aislados, evitando a la poca gente  que podría encontrar en Antares, ese poblado de las sierras de casas diseminadas entre montes y tabaquillos, debajo de las nubes color rosa pálido que, por momentos, se teñían de un color rojizo más intenso dejando su imagen reflejada en el arroyo que moría mucho más abajo en el río, un poco antes del puentecito que a veces veía el viejo desde la cima de la cuesta de la higuera; siempre mirando al frente, hacia el camino que se ocultaba un poco, por los árboles del valle, el camino que se perdía de vista más allá, por donde dicen, quién sabe, que un día se fue su mujer, hace de esto un montón de años.
Un día en que soplaba una brisa suave, cuando el sol se iba poniendo tras los sauces, estirando sus sombras hacia la falda del cerro, el viejo Agüero pasó, cansino el andar, por el frente del almacén, siguió por el sendero principal y dobló poco más allá, iniciando la trepada de la cuesta, otra vez. Fue la última imagen que tienen de el quienes lo vieron esa tarde, dos o tres. El viejo subió apoyado en su bastón, arrastrando sus sandalias por el camino de tierra y pedregullo. Nunca más se lo vió. Algunos pocos lo extrañaron al principio, más tarde se animaron a rondar su casa, a entrar para no encontrar nada y hasta fueron a la cima de la cuesta de la higuera para saber algo, suponían que podía estar allí. Sin embargo, parados contra el aromo que dejaba caer, de vez en cuando, sus pequeñas florcitas amarillas, sólo vieron la proyección del camino que descendía en caracol por las sierras, oculto en parte por el bosque, allá hacia el sur, y vieron también al cerro Palomares que cubría todo el horizonte, inexplicablemente seco para esa época del año.-

                                                           Quique de Lucio


1 comentario:

  1. vidas que son enigmas.
    vidas que uno no vive, pero que tal vez podria vivir.
    vidas, claro está, sin camino de vuelta.

    me encantaria comer empanadas con escritores para leer las cosas. Temeria solamente que uno de los escritores, cordial y generoso, escribiera para la mierda. Que hacer con eso.?

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