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sábado, 30 de agosto de 2014

Al mar

Cuarto año de una antojadiza antología de la poesía de todos los tiempos, seleccionada por el escritor Quique de Lucio. Esta pretende ser una antología cuyo sentido radica en la actividad del lector, en su lectura que organiza los textos como un proyecto de su propia aventura y goce creadores. Difundiendo a los hacedores, respetando el derecho de autor.



                                                          Luis Barros Méndez

Poeta y político chileno nacido en Concepción en 1861 y fallecido en Santiago en enero de 1906. Se recibió de abogado en la Universidad de Chile, fue profesor de Derecho Natural y Código Penal en la Universidad Católica.  Diputado por Chillán y San Carlos para el período 1891 a 1894 y diputado por Itata de 1900 a 1903. Publicó muchos textos y poemas a lo largo de su vida, aunque su obra está un tanto dispersa. Es muy conocido su poemario: "En los bosques de mi tierra".


                                                 "Por no ver tus enojos
                                                 gemí como paloma con dulzura;
                                                 gastáronse mis ojos
                                                 escudriñando la celeste altura"





AL MAR

Cansado en mi camino hacia la nieve,
me detuve un instante a media falda,
y con los ojos vagos del que sueña,
vi a lo lejos la playa de mi infancia.

Y al palpitar en mi aterida frente
las olas frías del recuerdo, en mi alma
sentí aletear un canto que nacía,
y lo lancé a volar en la palabra.

¡Oh mar, sublime amor!, si ante tu abismo
el corazón del hombre se anonada,
al contemplar tu inmensidad fecunda,
el pensamiento sube y se dilata.

Todo en ti cobra vida y movimiento:
si el cielo mismo a tus abismos baja,
la luna y las estrellas en las olas
al dulce son de tus canciones danzan.

Y danzan los bajeles portentosos,
los peces, las gaviotas y las algas,
en tanto que en las playas arenosas
rumorean las olas coronadas.

Danza también mi alegre fantasía
si tus gigantes ondas la arrebatan
y, al contemplar tu majestuoso ceño,
se detiene a admirar tu fuerza extraña:

el martilleo eterno de las olas
en las clavadas rocas de la playa
y en la arena lavada el desmayado
y lánguido abandono de las aguas,

la placidez serena y silenciosa
del mar dormido en aparente calma,
cuando la luna al beso de sus rayos
hace temblar las ondas de esmeralda;

el furor invencible del oleaje
cuando porfía con la nave osada,
y el blando velo transparente y terso
que el avecilla con sus plumas rasga;

el ondeante penacho blanquecino
que flébil viento con temor levanta,
y la amarilla espuma, flor marchita
que el mar, cantando, a los peñascos lanza;

el galante repliegue de las ondas
al recibir las inocentes aguas
del dulce arroyo que a morir se acerca
y como el cisne en su agonía canta;

la lucha bulliciosa y turbulenta
del ancho río en la confusa barra

donde el mar, defendiendo sus dominios,
la invasora corriente audaz rechaza;

todo, todo es sublime en tus dominios,
gigante mar, y todo en ti contrasta
con las débiles luces de la tierra
que apenas pueden conmover el alma.

Despedazando el cielo con mil rayos
por un momento, si su vida exhala
puede imitar tu acento majestuoso
el trueno cuando guía las borrascas.

El prado verde donde el viento juega
remeda apenas la llanura ondeada
que cruzando, cual débiles insectos
con sus largas antenas, van las barcas.

Tus aguas son la sangre del planeta;
tu corazón, la luna enamorada,
a cuyo impulso circulando siempre
por cielo y tierra, inmenso te dilatas.

Con la insondable copa de tu abismo,
desbordando la espuma por las playas,
le infundes vida al universo entero
en las nubes que flotan sobre el agua.

¡Sublime mar! Llevado por tus ondas
mi pensamiento al Creador alcanza,
y en alas de tu acento poderoso
se elevan suspirando mis plegarias.

¡Oh Dios!, el mar adusto te obedece
y, ora te tiende alfombras de esmeralda,
ora repliega el velo de tus linfas
y te lo arroja en cintas desflocadas.

¡Señor! ¡El mar a impulso de los vientos
en blandas nubes llaga hasta tus plantas,
y al escarchar tu acento soberano,
a repartir la lluvia al suelo baja !

Y, ¡Dios mío!, si sube hasta los cielos,
como la nube, el himno que te canta,
también desciende al alma que te implora
trocado en lluvia de divinas gracias.-


 
                                                           Luis Barros Méndez





quiquedelucio@gmail.com

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