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lunes, 11 de marzo de 2013

Mi padre

                                                          Vicente Gerbasi

Poeta y ensayista venezolano, nacido en Canoabo en 1913. Entre 1926 y 1941 fue miembro destacado del grupo y revista "Viernes", junto a importantes poetas del momento. Su primer libro de poemas "Vigilia del amanecer" fue publicado en 1937. Tres años después fue editado "Bosque doliente", al que siguieron "Liras" que recibió el Premio Municipal de Poesía , 1941; "Poemas de la noche y de la tierra", "Mi padre, el inmigrante" su obra cumbre en 1945, "Los espacios cálidos" (1952), "Poesía de viajes" Premio Nacional de Literatura 1969, etc. En 1982 recibió el Premio Conac de Poesía al mejor libro del año: "Edades Perdidas". En 1992, poco antes de su muerte, fue nombrado Director Emérito de la Revista Nacional de Cultura.


                                               "Aquí he llegado
                                               hacia el metálico redoble de los truenos
                                               que confunden las montañas
                                               en negros ámbitos azules"


MI PADRE, EL INMIGRANTE  poesía de Vicente Gerbasi

I
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas
que apagan ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún,
sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas
o pasa por las almas con golpes de agonía.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.

II

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre,
el sudor de la frente, la mano sobre el hombro,
el llanto de la memoria,
todo queda cerrado por anillos de sombra.
Con címbalos antiguos el tiempo nos levana.
Con címbalos, con vino, con ramos de laureles.
Mas en el alma caen acordes penumbrosos.
La pesadumbre cava con pezuñas de lobo.
Escuchad hacia adentro los ecos infinitos,
los cornos del enigma en vuestras lejanías.
En el hierro oxidado hay brillos en que el alma
desesperada cae,
y piedras que han pasado por la mano del hombre,
y arenas solitarias,
y lamentos del agua en cauces penumbrosos.
¡Reclamad, gritando hacia el abismo,
el mirar interior que hacia la muerte avanza!
En nuestras horas yacen reflejos de heliotropos,
manos apasionadas, relámpagos del sueño.
¡Venid a los desiertos y escuchad vuestra voz!
¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos!
El corazón es una secreta soledad.
Sólo el amor descansa entre dos manos,
y baja en la simiente con un rumor oscuro,
como torrente negro, como aerolito azul,
con temblor de luciérnagas volando en un espejo,
o con gritos de bestias que se rompen las venas
en las calientes noches de insomnes soledades.
Mas la simiete trae a la visible e invisible muerte.
¡Llamad, llamad, llamad a vuestro rostro perdido
a orillas de la gran sombra!-


XXVIII

Tú, que me lanzaste sobre la tierra y hacia la nada,
desde el círculo incendiado de tus experiencias,
desde todas las puertas cerradas,
desde las calles perdidas,
desde los perros que aúllan frente a los cadáveres,
desde los puertos que inflaman
sus alcobas en la noche,
desde la pobreza que va huyendo por las callejuelas,
desde aquellos cerezos temblorosos,
a cuya sombra mi madre
esperó que yo viniese de ti
como el sencillo regalo de un pobre;
tú, junto a ella, levantas mi sombra
en los valles de mi propio corazón.

Vamos hacia la noche y hacia la noche vamos.-


                                                         Vicente Gerbasi






Imágenes: pinturas de la artista Diana Elena Chelaru  (Rumania, 1979).



Publicación de Quique de Lucio para "Nos Queda
la Palabra"
quiquedelucio@gmail.com
twitter@quiquedelucio





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