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lunes, 6 de junio de 2011

Una ficción breve

                                                     EN DOS TIEMPOS

     Mariano le comentó al salir que volvía pronto y que no se preocupara tanto por Graciela, al fin, no era tan raro en una adolescente el demorarse en regresar. "Es seguro que se ha ido a estudiar con alguna compañera", dijo y se fue. Cerró la puerta con cierta precaución como suponiendo que el ruido pudiese sobresaltar aun más a su madre. Pensándolo después, en la calle, todo eso hubiera parecido absurdo de no ser por el perfil dramático de la ausencia. La situación los volvía a enfrentar con ese enemigo invisible que los iba acorralando, para luego debilitarlos, destruírlos.

     El sol de setiembre al ponerse, pintaba por franjas los plátanos de la calle, orillaba los ventanales y lograba introducir al galpón algunos rayos que morían en el piso de tierra. A un costado había dos tambores de aceite, un rollo de alambre, un candado oxidado, un cuerpo de adolescente, una cadena, unas bolsas de arena y una carretilla inútil.

     A Mariano le pareció que en el trayecto desde su casa, algunos vecinos lo habían ignorado. "Debemos arreglarnos solos, no es tiempo de esperar solidaridad", le había dicho su padre días antes de desaparecer. Llegó hasta el centro de la plaza, rodeó la fuente donde el agua verdosa reflejaba los árboles más altos y se encaminó por un sendero de gramilla alta buscando en los bancos, entre grupos de colegiales. Siempre supuso que una manera de neutralizar el miedo era manteniéndose en actividad, tratando de ser lo más lúcido posible en el desconcierto. Debía seguir luchando, lo sabía, contra el temor a perder también a su hermana. Buscarla por la zona cercana al colegio era una posibilidad, pero sin preguntas, contando sólo con algunos datos imprecisos, fútiles. Reconstruyendo por tanteos sus últimos pasos con la terquedad del héroe. El teléfono público le devolvió la voz de su madre "No, no ha regresado, creo que todo es inútl". Cuando colgó, Mariano decidió que no era prudente hacerse ver por el colegio.

     Las sirenas se detuvieron en la puerta del galpón, cuando el día se cerraba oscureciendo lentamente las viejas paredes de ladrillos. Una rata que se paseaba por los tirantes del techo de chapa huyó espantada por las voces, los pasos atropellados y el ruido del portón al abrirse, antes de que se oyeran los disparos y volaran pedazos de revoque y el olor a pólvora y sudor cubriera la atmósfera cada vez más oscura de ese escenario de engaño, de artificio apenas disimulado.

     Dió un paso o dos, sintiendo que las piernas no le respondían. Con esfuerzo logró llegar al bar, sentarse en el fondo (lejos de la vidriera) y pedir un café mediano y "un vaso de soda" agregó. Quería ordenar sus pensamientos, tomarse una pequeña tregua para planificar mejor sus próximos pasos, seducido por la idea de regresar a su casa más avanzado el atardecer, dando un rodeo por las calles menos transitadas. Dos hombres que parecían aburrirse lo miraron como si su llegada hubiera estado prevista. Mariano notó que uno de ellos tenía un diario doblado bajo el brazo.

 Los autos arrancaron velozmente dejando al galpón envuelto en una nube de tierra que le daba una mayor faz de abandono. A pesar de la oscuridad no habían encendido las luces y sólo por el brillo de los cigarrillos se adivinaba la presencia de varios ocupantes. Al llegar al pavimento los autos se separaron por caminos distintos. El que enfiló hacia el centro prendió simultáneamente los focos y la sirena.

     Había tomado el café con rapidez, totalmente entregado a un plano cada vez más alejado de la realidad y no de esa inmediata, con el fuerte olor a cerveza y excusado, sino de aquella en la que estaba inserto desde hacía tiempo. Una realidad caótica cuyo origen ignoraba y cuyo desarrollo no podía evaluar con precisión, tal vez por ser parte de élla. "Cada tiempo de la historia nos impone un gravamen", le dijo su padre cuando sus vidas fueron sacudidas. Y en ese entendimiento, el tributo para Mariano bien podía ser una existencia al filo de la muerte. Ahora, de seguro, sólo quedaban su madre y él. Debía atravesar la noche y llegar a su casa para protegerla. Sortear las trampas y poder defenderse juntos, tal vez por poco tiempo.
     La oscuridad de setiembre estaba plenamente instalada en la ciudad, con los habitantes atrincherados en sus casas. El clima de ficticia protección lo daba el hecho de estar las familias juntas, por poder verse, por poder tocarse. Mariano salió del bar tratando de pasar inadvertido, tenía planificado regresar por las calles más desiertas. Era consciente de sus fuerzas, de su sagacidad para disimular. "Un eficaz sobreviviente", ese era el lema que se había impuesto. Cruzó la calle lateral de la plaza. Graciela ya no estaba en su pensamiento. Acostumbrarse a la muerte lo había asustado al principio, pero después aprendió  a convivir con todos los miedos y como todo era miedo, ese concepto ya no existía para él.
     Quizo creer que quizás todo eso no era más que una pesadilla. Que su madre estaría tomando el té, Graciela estudiando en su cuarto y hasta el padre, leyendo el diario o sólo fumando, como antes. Sacó las llaves del bolsillo y en el mismo momento de abrir la puerta, previo a ver a su madre muerta, los libros desparramados y los impactos de bala en la pared, tuvo la certeza de su inmortalidad.-

Quique de Lucio.
Cuento publicado en la antología: "Escritores del Alto I", Editorial Artesol.(1986)


 

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