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lunes, 20 de junio de 2011

Cortázar, sus huracanes

                                                          Lucas, sus huracanes
                                                                                                             Desde La Habana


         El otro día instalé una fabrica de huracanes en la costa de La Florida, que se presta por tantas razones, y ahí nomás hice entrar en acción los helicoides turbinantes, los proyectarráfagas a neutrones comprimidos y los atorbellinadores de suspensión coloidal, todo al mismo tiempo para hacerme una idea de conjunto sobre la performance.
         Por la radio y la televisión fue fácil seguir el derrotero de mi huracán (lo reivindico expresamente porque nunca faltan otros que se pueden calificar de espontáneos), y ahí te quiero ver porque mi huracán se metió en el Caribe a doscientos por hora, hizo polvo una docena de cayos, todas las palmeras de Jamaica, torció inexplicablemente hacia el este y se perdió por el lado de Trinidad arrebatando los instrumentos a numerosas "steel bands" que participaban en un festival adventista, todo esto entre otros daños que me impresiona un poco detallar porque lo que me gusta a mí es el huracán en sí mismo, pero no el precio que cobra para ser verdaderamente un huracán y colocarse alto en el ranking homologado por el British Weather Board. 

A todo esto vino la señora de Cinamomo a increparme, porque había estado escuchando las noticias y allí se hablaba con términos sacados del más bajo sentimentalismo radial tales como destrucción, devastación, gente sin abrigo, vacas propulsadas a lo alto de cocoteros y otros epifenómenos sin ninguna gravitación científica. Le hice notar a la señora de Cinamomo que, relativamente hablando, ella era mucho más nociva y devastadora para con su marido y sus hijas que yo con mi hermoso huracán impersonal y objetivo, a lo cual me contestó tratándome de Atila, patronímico que no me gustó nada, vaya a saber porqué, puesto que en realidad suena bastante bien. Atila, Atilita, Atilucho, Atilísimo, Atilón, Atilango, fíjese todas las variantes tan bonitas.
         Desde luego no soy vengativo, pero la próxima vez, voy a orientar los helicoides turbinantes para que le peguen un susto a la señora de Cinamomo. No le va a gustar nada que su dentadura postiza aparezca en un maizal de Guatemala, o que su peluca pelirroja vaya a parar al Capitolio de Washington; desde luego ese acto de justicia no se podrá cumplir sin otros desplazamientos quizá enojosos, pero siempre hay que pagar algún precio por las cosas, qué joder.-

                                                                       Julio Cortázar.

Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, n° 364-366, octubre-diciembre de 1980.
Quique de Lucio.

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