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domingo, 4 de septiembre de 2011

Los condenados a muerte

         CLAUDIA Y GONZALO

Nos habíamos casado más o menos para la misma época: Digamos que unos días antes de nuestra detención, las dos parejas: Así que, en cierto sentido, en Devoto me sentía hermanada con Claudia desde el principio. Nos conocimos en el Pabellón 49. Ella ya estaba cuando yo llegué.
Conversando, descubrimos que estábamos emparentadas de verdad. Una relación un poco complicada ligaba a la suegra de Claudia, o sea la madre de Gonzalo, con la madre de mi (entonces) cuñada (esposa en esa época del hermano de Pablo). Creo recordar que ambas mujeres (madre de Gonzalo y madre de mi cuñada) habían estado casadas con el mismo hombre (en distintos momentos, obviamente).
Nos hicimos amigas rápidamente. Aunque más allá de esas coincidencias, ella y yo éramos muy distintas. Pero compartíamos cosas. Y entre las cosas que compartíamos, una de las más importantes era la visita de los miércoles en la capilla del penal, con nuestros maridos.
Casi todo los miércoles (puede haber sido otro día, pero da igual) esperábamos con ansias el momento en el que desde la reja (y a eso de las cuatro de la tarde) gritaban nuestros nombres.
Esperábamos. Tan emperifolladas como nos era posible ( ahora se diría "producidas"). También compartíamos el bajón cuando por algún motivo se suspendía la visita. Y compartíamos además, y fundamentalmente, la excitación posterior al encuentro. La cita en la capilla duraba no más de una hora. Cuando nosotras llegábamos, los hombres ya estaban esperándonos. Cada uno de ellos sentado en un banquito distinto. Los besos estaban permitidos. Pero Gonzalo y Claudia se enroscaban tanto, que a cada rato los guardias les llamaban la atención para que se soltaran. Eso recuerdo de ellos. Cómo se enroscaban. Como eran largos los dos, se enrollaban las piernas uno y otro. Sentaditos, enrollados. Eso recuerdo.
Una vez fui con Claudia a Tribunales. Las dos nos pusimos contentas porque el viaje a Tribunales significaba que quizás íbamos a encontrarnos con nuestros maridos. Aunque sólo fuera un instante en la
oficina del juez.
Claudia era muy alta. Y Gonzalo también. Los dos muy grandotes.Yo no sé muy bien cómo lo consiguió, qué le dijo Gonzalo al policía que nos acomodaba en las celditas de los celulares. Pero cuando Claudia me lo contó yo no lo podía creer. Y me asaltó una envidia terrible. Gonzalo había conseguido que el policía lo encerrara en la celdita junto con Claudia. Todo el viaje ahí. Los dos apretadísimos. Juntitos.
Quizá fue la última vez que Claudia estuvo con Gonzalo.
(A Gonzalo lo sobreseyeron de su causa judicial en enero de 1978. Y le quitaron el PEN -el Decreto que nos hacía permanecer a todos presos, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, aunque no tuvieras causa judicial- . Entonces salió de la carcel de La Plata. Nadie lo volvió a ver nunca más. En ese entonces, Gonzalo estaba en el pabellón "de los condenados a muerte" de la carcel de La Plata. En ese mismo estaba Pablo, mi marido. Gonzalo no llegó a ver a su madre. Desapareció ese mismo día de su libertad. Y Claudia se quedó presa. Y con su pena infinita vivió sus años de carcel . Y los otros).- 

                                                  Patricia Borensztejn

Patricia Borensztejn (Buenos Aires, 1953). Escritora. En 1974 fue encerrada en una cárcel de Villa Devoto como presa política con su marido. En 1980 pudo salir del país y se radicó en Barcelona hasta 1992, cuando volvió a la Argentina con sus hijos. Publicó el libro "Hay que saberse alguna poesía de memoria" Ed. Capital Intelectual. Premiado en la categoría Literatura Testimonial del concurso Casa de las Américas de Cuba. De ese libro fue tomado el relato aquí publicado.
Imagen: "Presos Políticos", pintura del colombiano Fernando Botero.


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