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sábado, 10 de septiembre de 2011

Cortázar y Benedetti, ¿algo más?


Julio Cortázar y Mario Benedetti, dos inmensos escritores del Río de la Plata, dos soñadores que nunca renunciaron a su ideas de una sociedad más justa, que siempre denunciaron la opresión y los gobiernos dictatoriales de terror que se ensañaron en Argentina y Uruguay. A Benedetti el exilio le hizo suspicaz, era como una costra de una herida que le rompió el corazón. A Cortazar el no poder volver a su patria lo hizo infelíz, dicen que tenías que rascarle varias capas hasta que aparecía su felicidad recóndita. Ambos, a su manera recordaron al mundo que el Sur también existe. Este blog, que hoy cumple sus primeros cuatro meses, los publica como una manera de ratificar que siguen con nosotros, que nos alumbran a través de la palabra, por eso Cortázar y Benedetti, ¿algo más?

                                                      " pero aquí abajo abajo
                                                        cerca de las raíces
                                                        es donde la memoria
                                                        ningún recuerdo omite
                                                        y hay quienes se desmueren
                                                        y hay quienes se desviven
                                                        y así entre todos logran
                                                        lo que era un imposible
                                                               que todo el mundo sepa
                                                               que el sur también existe"

(Fragmento de "El sur también existe", de Benedetti)    


                        MEMORÁNDUM

Uno llegar e incorporarse al día
dos respirar para subir la cuesta
tres no jugarse en una sola apuesta
cuatro escapar de la melancolía

cinco aprender la nueva geografía
seis no quedarse nunca sin la siesta
siete el futuro no será una fiesta
y ocho no amilanarse todavía

nueve vaya a saber quién es el fuerte
diez no dejar que la paciencia ceda
once cuidarse de la buena suerte

doce guardar la última moneda
trece no tutearse con la muerte
catorce disfrutar mientras se pueda.-

           Mario Benedetti


De Julio Cortázar:      BLUES FOR MAGGIE


 Ya ves

nada es serio ni digno de que se tome en cuenta,
nos hicimos jugando todo el mal necesario

ya ves, no es una carta esto,

nos dimos esa miel de la noche, los bares,
el placer boca abajo, los cigarrillos turbios
cuando en el cielo raso tiembla la luz del alba,

ya ves,
y yo sigo pensando en ti,

no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.

Nos hicimos jugando todo el mal necesario,
el tiempo pone el resto, los ozesnos
duermen junto a una ardilla deshojada.

(del Libro de Julio Cortázar "Papeles Inesperados")

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viernes, 9 de septiembre de 2011

Aprender a maniobrar la seducción

Cuando llegó a nuestras manos el relato de Agustina Muñoz, con Severino pensamos, casi al unísono, que esta publicación era para dedicársela a Las Ilusas. La ternura de este cuento, es la ternura de Vanina, Poli y Cecilia quienes también escriben y lo hacen muy bien. Publicaron el libro "Sin Remo", hace unos años y colaboran en un comedor de niños humides, trabajando con éllos solidariamente en tareas de recreación artística. Severino y yo, pocas veces coincidimos, ésta es una de ellas, entonces, para Las Ilusas por todo el amor que dan, y por su alegre y cándida juventud.

                                                           DESPEDIDA

           Cuelga la hamaca. El viento mueve la madera de un lado a otro, como si fuera a arrancarla del poste que la sostiene. ¿Cuántas tormentas habrán pasado por es pedacito de tierra? De repente, la hamaca me parece un objeto valiente; ahí, a la intemperie, sin ninguna sombra que la repare del sol ni de la lluvia.
Esa hamaca es más vieja que yo, existe desde antes de todo mi mundo. No me acuerdo de la primera vez que me columpié en ella, seguramente me llevaba alguien, abuela o madre. La última vez fue hace unas semanas, esperaba a un hombre que había prometido regalarme unos libros. Llegó tarde y entonces subida al pedazo de madera, tuve tiempo de marearme lo suficiente antes de comenzar una conversación que , estimaba, terminaría en besos. Ahí, debería haber una plaza pero sólo hay un columpio, una hamaca en medio de un cuadrado de cemento alisado. Por eso, la escena se ve desencajada, fuera de lugar y casi absurda.
 Desde que aprendí a maniobrar la seducción que hago mis citas en ese lugar, y unos minutos antes de la hora del encuentro fijado, me trepo a la madera y me dejo llevar por el movimiento oscilante. Siempre estoy en el aire cuando el interesado de turno se acerca a interrumpir el movimiento. Sonrío. Me corro el pelo de la cara, pelo que se agitó con el viento y genera toda una sensación de liviandad y desparpajo. Y recién ahí, con la voz entrecortada de agitación aérea, digo "hola". Y si el interesado concluye en que la estampa de chica-hamaca-vuelo lo satisface, todo puede seguir con un café o un té con porción de torta y dos cucharas.
Hoy a la tarde se llevaron la hamaca. Alguien se dio cuenta de lo absurdo de tenerla en el terrenito baldío al final de la avenida. Hoy quedé en encontrarme con alguien ahí, en el mismo lugar donde ahora hay un pozo con tierra revuelta. Pienso en formas de recibirlo que me permitan soltura y confianza: dando pequeños saltitos que simulen quitarme el frío, o girando como trompo buscando formas de perro en las nubes. Todo es demasiado, carece de lo sutil del columpio, imposible hacerlo como quien no quiere la cosa.
Se llevaron la hamaca, tres hombres con uniforme desenterraron el poste. Hubiera querido gritarles algo, que me devolvieran mi vida amorosa, o algo así. Finalmente bajo de mi departamento a la cita. Lo veo venir y en ese preciso instante, siento que mis pies no pueden sostener mi cuerpo tembloroso. Trato de columpiarme mentalmente, de sentir un viento inexistente en la cara, de copiar semblante de divas naturales. Lo veo parado, me mira y yo trato de saludarlo pero no me sale ninguna palabra. No tengo ningún encanto. No puedo improvisar un gesto halagador ni una mísera frase de blanda simpatía. Se acerca, veo venir un beso de saludo y siento que ya no puedo seguir parada; las piernas buscan el aire y la boca se frunce como si sufriera de vértigo. Me derrumbo, me caigo a sus pies, como un desmayo autoprovocado por la timidez interna. Al suelo. Me mira. Desde abajo, pegada a sus pies le pregunto si se siente bien, si tiene ganas de tomar un té.-

                                                     Agustina Muñoz

Agustina Muñoz (Buenos Aires, 1985) Escritora y dramaturga. Autora de las obras "Las mujeres entre los hielos" y "El calor del cuerpo". Obtuvo el primer premio de Dramaturgia Innovadora del Festival Escena Contemporánea de Madrid con su obra "Neón". Ha colaborado en medios como Planeta Urbano, Entrecasa, La mujerdemivida y Brando.

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Viajar, dormir o enamorarse

Viajar, dormir o enamorarse y muchas otras acciones son maneras, de irse a otra parte. Sí, es seguro que pueden agregarse otras formas de, según el caso, desaparecer, al menos de la realidad. Ya sobre los sueños nos ha dicho bastante el Sr. Freud. De amores y viajes está hecha gran parte de la literatura de todos los tiempos. Pero siempre habrá un punto de vista original, como el que nos propone la escritora mexicana Ángeles Mastretta en este relato.

                                                                            VIAJAR

Viajar, como dormirse, es un peligro siempre, y una promesa cada vez. Es lógico temer a los peligros; sin embargo, la intensidad de las promesas aniquila cualquier miedo. Eso lo saben los que se han enamorado alguna vez. Lo sabemos todos. No hay un miedo más implacable, ni más suavemente hecho a un lado que el que nos cruza por el cuerpo cuando el remolino de los deseos se vuelve en busca de la promesa que otro nos hace con sólo existir frente a nuestros ojos.
Viajar, dormir, enamorarse, son tres invitaciones a lo mismo. Tres modos de irse a otra parte, a un lugar, a lugares que no siempre entendemos, que nunca gobernamos, que cada noche son distintos, y cada mañana nos deslumbran y asustan como una tarde de granizo.

 ¿A dónde van los niños mientras duermen? ¿En los oídos de quién gritan su júbilo? ¿De qué mundo traen el horror que los despierta en mitad de la noche? ¿Quién los oye y consuela durante horas y horas hasta devolverlos a la orilla del día con las mejillas lustrosas, con un hambre de primer día en la vida y una dicha voluntariosa y fascinante?.
¿Qué sueños invocamos los adultos al viajar? ¿Por qué no sabemos estar quietos? ¿Qué consuelo buscamos suspendidos en mitad del cielo, presos de un avión y libres de todo lo demás? No sabemos estar demasiado tiempo en nuestras camas. ¿Días y noches metidos sin remedio en nuestras camas convertirían el cielo en cielo y la necesidad en sosiego? ¿Podría uno sin horrorizar a los demás, sin sospechar de uno mismo, quedarse en una cama en lugar de subirse a un avión, tomar un tren, agotar una carretera, ir por la nieve con algo más que un barquillo? Porque hay lugares que uno visita, en su inmensa necesidad de soñar, por los que la nieve se camina en lugar de sorberse.
Quedarse en una cama hasta soñar es algo que uno no puede permitirse. Suena el despertador, aparecen los niños con un cepillo, llega el plomero, llega el teléfono, llega el recuerdo de un hombre que añoramos silbando una tonada militar en domingo, llega la peregrina pero incesante certidumbre de que no hay peor pecado que el de omisión, llega la remota memoria de la clase de siete, del parque en espera de nuestros pies, del sol pegando en la ventana como un enemigo.
No se puede dormir en una casa con gente porque la gente hace ruido y en una casa sin gente porque hace falta. No se puede dormir desde temprano porque uno cree que el día se acaba cuando él quiere y no cuando uno quiere, uno cree que las sorpresas pueden aparecer al último momento y que entre más tarde se vaya uno a su cama más delirio puede robarle a cada noche.
 No sabemos dormir más de lo inevitable porque en algún momento alguien nos dijo que dormir demasiado atontaba y que sólo los necios soñaban despiertos. En general parece regirnos la creencia de que sólo los necios sueñan, incluso cuando duermen. Dormir está desprestigiado, por eso viajamos cuando estamos urgidos de peligro y promesas.
La otra opción sería enamorarse, pero enamorarse con la euforia que uno se puede permitir cuando viaja, con la disposición al tiempo perdido, a las esperas, a las decepciones, al hartazgo y las comidas insólitas que uno encuentra cuando viaja, es algo que después de cierta edad se ve ridículo. Está aún más mal visto que dormir. Es como dormirse a media calle, como andar en pijama por la avenida, como ser un sonámbulo que cruza sin precauciones por la ruta.
Lo común es creer que el enamoramiento es una enfermedad de los jóvenes, de los muy jóvenes, de los que todavía no saben su profesión ni persiguen su destino, de los que pueden perder el tiempo en contemplar a otro, de los que duermen más de ocho horas, escriben cartas a mano, y no saben muy bien la ropa que les va. Enamorarse es tejer una promesa emparentada con la quimera, es un peligro que los adultos no pueden llevar a cuestas sin torcerse la espalda.
Por eso, cuando se trata de correr riesgos o buscr promesas, lo más seguro es viajar.-

                                                             Ángeles Mastretta

Relato seleccionado del libro de Ángeles Mastretta "Puerto Libre" Ed. Planeta, Biblioteca del Sur.

martes, 6 de septiembre de 2011

La memoria de las aguas

Según mi amigo Severino, existen más de quinientas leyendas repartidas en las distintas culturas y mitologías del mundo que hacen referencia al diluvio, a lo que fue casi la práctica extinción de la tierra a causa de una inundación impesionante. En la mayoría de los casos, la catástrofe fue el resultado de la cólera divina por la maldad que caracteriza el comportamiento de la humanidad. Pero también, para los que no creemos mucho en dioses y venganzas, se explica o se le da viso de realidad a esta leyenda a través de algunos mágicos personajes. Severino insiste en señalar, que algunos pueblos indígenas de América transmiten oralmente de generación en generación, la leyenda de un cazador que sobrevivió a la terrible inundación que causó la subida colosal del nivel de las aguas. Así se cuenta que el mundo estuvo a borde de desaparecer y que muchos se ahogaron. Si la vida pudo continuar fue porque aquel cazador creó un grupo de monstruos capaces de beberse todo el agua.
Por su parte en el pueblo hopi aseguran que han existido otros mundos antes del actual, uno de ellos desaparecido a raiz de una avalancha de agua. Como sea, y por el motivo que lo haya hecho posible, afortunadamente algo se salvó. Un cuervo trajo en su pico algunos papeles escritos desde el diluvio, de éllo Severino y yo, damos fe.

                                           DESDE EL DILUVIO -10-

            Soy ese ser que anda
            por la memoria de las aguas
            y recuerda los días que rodaba
            hacia los ríos como un viento
            y adentro del agua tan clara
            respiraba/
            soy ese ser que nada
            hasta los cielos
            por las lluvias mansas y furiosas
            con sus largas miradas.- 


DESDE EL DILUVIO -11-

Desde estas profundidades
              que envuelven mi cuerpo inundado
yo dudo de continuo
   entre la tierra que me atrapa,
el aire que me lleva,
y el agua que me llama/
       así son nuestras vidas anegadas
  que se pegan como el salitre
   en los trasfondos de la calma.-

 DESDE EL DILUVIO -12-

 A veces me arrastras,
                 me llamas desde tus corrientes
escondidas y falaces
               susurrándome con tus resacas
                 promesas de sirenas y de algas/
        aguas adentro del diluvio
   me mandas tu mensaje
de caracolas lejanas,
                          a veces estoy a punto de escucharte.-


Quique de Lucio

Textos que integran "Desde el Diluvio", 15 poemas breves.

"Este blog actualiza las entradas todos los martes, jueves, sábado y domingo, puntualmente. Una ventana virtual a la poesía y narrativa breve, propia y de escritores consagrados y nóveles. Colaborando a difundir sus textos, respetando el copyright (derechos de autoría)"

domingo, 4 de septiembre de 2011

Los condenados a muerte

         CLAUDIA Y GONZALO

Nos habíamos casado más o menos para la misma época: Digamos que unos días antes de nuestra detención, las dos parejas: Así que, en cierto sentido, en Devoto me sentía hermanada con Claudia desde el principio. Nos conocimos en el Pabellón 49. Ella ya estaba cuando yo llegué.
Conversando, descubrimos que estábamos emparentadas de verdad. Una relación un poco complicada ligaba a la suegra de Claudia, o sea la madre de Gonzalo, con la madre de mi (entonces) cuñada (esposa en esa época del hermano de Pablo). Creo recordar que ambas mujeres (madre de Gonzalo y madre de mi cuñada) habían estado casadas con el mismo hombre (en distintos momentos, obviamente).
Nos hicimos amigas rápidamente. Aunque más allá de esas coincidencias, ella y yo éramos muy distintas. Pero compartíamos cosas. Y entre las cosas que compartíamos, una de las más importantes era la visita de los miércoles en la capilla del penal, con nuestros maridos.
Casi todo los miércoles (puede haber sido otro día, pero da igual) esperábamos con ansias el momento en el que desde la reja (y a eso de las cuatro de la tarde) gritaban nuestros nombres.
Esperábamos. Tan emperifolladas como nos era posible ( ahora se diría "producidas"). También compartíamos el bajón cuando por algún motivo se suspendía la visita. Y compartíamos además, y fundamentalmente, la excitación posterior al encuentro. La cita en la capilla duraba no más de una hora. Cuando nosotras llegábamos, los hombres ya estaban esperándonos. Cada uno de ellos sentado en un banquito distinto. Los besos estaban permitidos. Pero Gonzalo y Claudia se enroscaban tanto, que a cada rato los guardias les llamaban la atención para que se soltaran. Eso recuerdo de ellos. Cómo se enroscaban. Como eran largos los dos, se enrollaban las piernas uno y otro. Sentaditos, enrollados. Eso recuerdo.
Una vez fui con Claudia a Tribunales. Las dos nos pusimos contentas porque el viaje a Tribunales significaba que quizás íbamos a encontrarnos con nuestros maridos. Aunque sólo fuera un instante en la
oficina del juez.
Claudia era muy alta. Y Gonzalo también. Los dos muy grandotes.Yo no sé muy bien cómo lo consiguió, qué le dijo Gonzalo al policía que nos acomodaba en las celditas de los celulares. Pero cuando Claudia me lo contó yo no lo podía creer. Y me asaltó una envidia terrible. Gonzalo había conseguido que el policía lo encerrara en la celdita junto con Claudia. Todo el viaje ahí. Los dos apretadísimos. Juntitos.
Quizá fue la última vez que Claudia estuvo con Gonzalo.
(A Gonzalo lo sobreseyeron de su causa judicial en enero de 1978. Y le quitaron el PEN -el Decreto que nos hacía permanecer a todos presos, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, aunque no tuvieras causa judicial- . Entonces salió de la carcel de La Plata. Nadie lo volvió a ver nunca más. En ese entonces, Gonzalo estaba en el pabellón "de los condenados a muerte" de la carcel de La Plata. En ese mismo estaba Pablo, mi marido. Gonzalo no llegó a ver a su madre. Desapareció ese mismo día de su libertad. Y Claudia se quedó presa. Y con su pena infinita vivió sus años de carcel . Y los otros).- 

                                                  Patricia Borensztejn

Patricia Borensztejn (Buenos Aires, 1953). Escritora. En 1974 fue encerrada en una cárcel de Villa Devoto como presa política con su marido. En 1980 pudo salir del país y se radicó en Barcelona hasta 1992, cuando volvió a la Argentina con sus hijos. Publicó el libro "Hay que saberse alguna poesía de memoria" Ed. Capital Intelectual. Premiado en la categoría Literatura Testimonial del concurso Casa de las Américas de Cuba. De ese libro fue tomado el relato aquí publicado.
Imagen: "Presos Políticos", pintura del colombiano Fernando Botero.


sábado, 3 de septiembre de 2011

Era uno de esos días en que todo sale bien

Con mi amigo Severino, como corresponde, festejamos el cumpleaños 71 de Eduardo Galeano, el montevideano. Le dimos a un Colón borgoña y después seguimos con lo que había o sea fernet, siempre fernet. Hablamos de Galeano, de ese sagaz analista de asuntos políticos y estudioso de la vida americana, de su delicada sensibilidad , del libro "Nosotros decimos no", que reúne crónicas escritas entre 1963 y 1988. Y entre esos vaivenes de la conversación, salió como de improviso el nombre de Fabián Casas, el poeta porteño. Severino lo admira a Casas, él dice que su sueño es que le prologue su próximo libro de poemas. Allí me vine a enterar que Severino está escribiendo poesía, porque su fuerte es la historia, al menos eso creo. En lo que estuvimos de acuerdo, sin dudas, es que es un honor presentar en nuestro blog, la poesía de Fabián Casas. Nosotros, seguimos con el fernet.

        SIN LLAVES Y A OSCURAS

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quede sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije:
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.-

                 ALARMA

Durante la noche
suena la alarma de una fábrica
cercana a mi casa.
Mientras fumo,
me pregunto si será un error,
un robo
o algo exclusivo.-


          UNA OPORTUNIDAD

Caminás con las manos en los bolsillos,
por la rambla, rodeando el mar.
Te acordás de otro tiempo, aquí mismo,
estabas enfermo de la cabeza
y no podías sostenerte de pie,
con elegancia. Sin embargo,
pudiste salir.
Hubo una oportunidad en aquella época.
Ahora mirás el mar, pero no decís nada.
Ya se han dicho muchas cosas
sobre ese montón de agua.-

ESPERANDO QUE LA ASPIRINA

Esperando que la aspirina empiece a
trabajar,
que acomode los cuartos, que revuelva el
café
y que traiga a mi madre, fresca
a esta tarde de agosto
hojeo revistas estúpidas, escucho discos
viejos
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.-

             MUSICA


Mi tía concilia el sueño a los ochenta años
escuchando viejas canciones en su radio
portátil.
En su pieza, en lo oscuro,
el éter se transforma en algo vital.
Supongo que estas cosas pasan
y me pasarán también a mí.
Sobre el final de la vida
la única música que existe
está fuera de nosotros.-

                                        Fabián Casas

Fabián Casas:(Buenos Aires, abril de 1965) Escritor, poeta. Es Licenciado en filosofía. Ganó la beca Fullbright de los EE.UU. En 1995 comenzó a trabajar en el diario Clarín. Su primer libro de poemas fue "Otoño poemas de desintoxicación y tristeza", al que le siguieron: "Tuca" (1990), "El salmón" (1996), "Pogo" (1999), "Bueno, eso es todo" (2000), "Oda" (2004), "Ocio" (2006), etc.
En el 2005, escribió el libro de cuentos "Los Lemmings y los otros".
Imagen: obra de  James Ensor, pintor belga del expresionismo.


jueves, 1 de septiembre de 2011

Acá no regalamos nada -cuento corto-

                                 SI ES ASI, YO PUEDO CONSOLARTE

Corté el teléfono y estacioné a metros de un cartel que decía: yo soy el camino, la verdad y la vida. Bajé del auto y caminé despacio, sin rumbo, para cambiar de aire. Esta vez las cosas iban a ser distintas. Estaba decidida a no seguir soportando ese trabajo. Estaba decidida a no volver.
Un soplo de viento agitó un vestido colgado de una percha en un portón y entré. El vestido era rojo y lindo. La ropa colgada de percheros en un garaje bastante grande, apenas adaptado como local de ropa usada. Me recibió un hombre con delantal azul. Tenía shorts y unas zapatillas deportivas sin medias. Se le veían las piernas cortas y peludas. El pelo gris, engrasado, peinado hacia atrás. Miré alrededor, había un poco de todo: una cómoda con espejo redondo, algunas valijas de cuero, sombrillas de encaje con volados, un Perramus, unos mocasines Guido color crema y más ropa usada colgada en roperos sin puertas. La música que sonaba era preciosa, de películas célebres en francés. Canté Si ca je peut te consoler , de Jane Birkin.
Me gustó un traje de baño blanco, de ribetes azules, con cuadraditos que se dispersaban en el centro y se concentraban en el busto y la entrepierna. Era entero y se angostaba en la cintura. Agarré una pollera al bies, estampada con colores brillantes, con flores y rayas: fresca. Me sentí en otro mundo, entre el polvo y esa música de películas. Una mesa hacía de mostrador y dividía la habitación en dos. Del otro lado había más ropa apilada y una mujer, a la que no había visto, planchaba. Saqué de una percha una pollera tableada color tiza. El hombre empezó a silbar. Me puse la pollera por encima como para calcular el talle. El hombre me miró y me dijo:
-Te queda bien. Es muy hermosa. Si querés podes pasar al probador- me señaló la puerta entreabierta del baño.
-Es un lujo esto, ¿eh?
-¿Cómo?
-La música que escuchás, es un lujo.
-¿Te gusta? Es una colección- me dijo el hombre.
Me sentí bien. Canté Raindrops keep falling on my head. Me acerqué con la ropa al mostrador para pagar. Le di cien pesos al hombre para que me cobrara quince, pero no había suficiente cambio. Llamó a la planchadora y le pidió que fuera a buscar. Ella agarró el dinero y se fue.
Recorrí una vez más el lugar, la puerta doble abierta de par en par, el vestido rojo, los percheros. Me detuve en el baño, tan chic, rosa, con el espejo de marco dorado, largo y angosto y el aplique de luz destartalado. El hombre silbaba, yo cantaba bajito.
-¿Ves? Estos son todos míos.- me dijo señalando los discos casi nuevos. Grandes éxitos de Roberto Carlos, singles de Astrud Gilberto y Getz, y unas tentadoras ediciones limitadas de Jane Birkin y Sergé. Me mostró con entusiasmo las tapas y contratapas de cada disco, las fotos.
-¿Los querés? -me dijo- Si te ponés la malla, te los regalo.
Lo miré de reojo y entré al baño. La puerta no cerraba bien. Me desvestí con cuidado porque el piso estaba sucio y, como pude, colgué la ropa de un gancho. Me probé el traje de baño y me miré en el espejo. Me quedó justo. Me acomodé las tetas. Desde el espejo miré al hombre. Me puse de costado, me levanté el pelo y ajusté las tiritas, lo miré; me chupé un dedo y bajé la mano. No saqué la vista del espejo ni del hombre. Se le iba la lengua. Se manoseaba. La música había desaparecido. Deseé un beso, un beso. Me miré en el espejo. Vi llegar a la planchadora. El hombre se dio vuelta y se acomodó el short. Traté de cerrar mejor la puerta. Me vestí rápido y salí.
La planchadora había puesto la ropa en una bolsa y malhumorada me dijo:
-¿Los discos también?
-Sí, estos
-Son cinco pesos más -dijo-, acá no regalamos nada. Me dio el vuelto, lo guardé en el bolso y saqué el rouge. La planchadora puso los discos en otra bolsa. Mientras tanto me pinté los labios.
Me apuré hasta llegar al auto, metí todo en el baúl y arranqué en dirección a casa. Pensé en fumar, en bailar, en escuchar esa música.-

                                                               María Bernardello

María Bernardello: (Buenos Aires, 1972) Escritora argentina, traductora del francés y profesora. Es especialista en Flaubert y Baudelaire. Su libro "Camino de cintura" Editorial colectiva Garrincha (2011), está compuesto de trece cuentos breves, de donde se seleccionó el publicado.
Imágenes: "Pintura naif" de Eduardo Ungar y "Mujer y flores" de Carlos Alonso.

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